“El amor no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad” (1 Corintios 13:6)

Este es uno de esos versículos dignos de todo un libro de 1000 páginas.
Charles Hodge (1797-1878) explica que “el sentido general" aquí “es que el amor no simpatiza con el mal, sino con el bien”. Ya que la palabra griega “adikía” (traducida como “injusticia") “abarca todas las formas del mal moral"
(“First Epistle to the Corinthians”).

Este es un golpe certero a las peores tergiversaciones de como actúa el amor.
Un versículo antes somos amonestados: “el amor no se irrita, no guarda rencor”.
El piadoso pasa por alto la ofensa, perdona, entiende, tiene misericordia y paciencia, arranca de su corazón toda amargura contra otros (Proverbios 4:23).
¡Esto es vital!
Pero casi sin pausa el apóstol Pablo nos lleva más allá:
Si alguien nos hace algún daño lo perdonamos, y una vez que estamos seguros que nuestro corazón está limpio de enojo y rencor… NO NOS QUEDAMOS AHÍ: anhelamos que esa persona viva la verdad.
El amor no dice: “bueno, ya perdoné a quien me hizo daño. Ahora no le menciono nunca más el tema por amor a él".
Ni: “Voy a tener misericordia de esta persona y no le voy a decir que lo que cree es antibíblico”.
Ni: “Voy a tener misericordia de esta persona y no le voy a decir que está viviendo en pecado”.

Es verdad que a veces lo más sabio es el silencio (Proverbios 15:23; 17:28). Pero no a causa de escoger el camino más fácil para nosotros, sino con la esperanza de encontrar un momento más propicio para ayudarlo, y con oraciones anhelantes de que, si no somos las personas adecuadas para corregirlo, Dios use a alguien más para hacerlo.

El amor no se contenta con haber perdonado. Ahora anhela que el ofensor se vuelva a la verdad.
El amor no piensa: “si le digo esto se va a enojar. Mejor no le digo nada y preservo la amistad”.
Esto lo encontramos en el contexto de este pasaje cuando el apóstol Pablo amonesta a los corintios por ser erróneamente pacientes con aquel hombre que tenía "la mujer de su padre" en 1 Corintios 5:1.

El amor está dispuesto a sufrir. El amor se arriesga al rechazo y a la difamación. Y aún se arriesga a volver a luchar con su propia falta de perdón por seguir involucrado en el tema intentando ayudar al otro.
El amor impulsa un salvataje muchas veces de alto peligro.
¿Por qué?
Porque el amor piensa en el bien del otro (Proverbios 3:27,28) y no sólo en el propio. Y el piadoso sabe que “prenderán al impío sus propias iniquidades, y retenido será con las cuerdas de su pecado” (Proverbios 5:22). Por esto el amor obedece a Jesús en Mateo 5:41 cuando nos dice: “a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos".

Sólo al estar seguro que esa persona ha rechazado claramente la ayuda, recién ahí el amor considera finalizada (o al menos pausada) su labor (Proverbios 9:8).


Luis Rodas


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