LOS PRIMEROS AÑOS DE LA IGLESIA Persecuciones



Tercera persecución
Luego de Domiciano la Iglesia tuvo descanso por algunos años pero al nombrarse Trajano como emperador (98 dc al 117 dc) se gestó la tercera persecución en el año 108 dc.

Un hombre erudito y famoso llamado Plinio el joven viendo la lamentable matanza de cristianos y movido a compasión escribió a Trajano lo siguiente: “Todo lo que ellos contaban acerca de su crimen o error  sólo consistía en esto: que solían reunirse en determinado día antes del amanecer, y repetir juntos una oración compuesta en honor de Cristo como Dios, y a comprometerse a no cometer maldad alguna, sino al contrario, a nunca cometer hurtos, robos o adulterio, a nunca falsear su palabra, a nunca defraudar a nadie.  Después de lo cual era costumbre separarse, y volverse a reunir luego para participar en común de una comida inocente”.
Pero Trajano en vez de prestar atención a las palabras de Plinio el joven, por el contrario se convirtió en un nuevo perseguidor de cristianos.

En esta persecución, Ignacio, obispo de Antioquía y discípulo del apóstol  Juan, fue entregado a las fieras para ser devorado. Pero antes dijo: “Ahora comienzo a ser un discípulo. Nada me importa de las cosas visibles o invisibles, para poder sólo ganar a Cristo”.

Adriano fue el sucesor de Trajano, y prosiguió esta tercera persecución con tanta severidad como su sucesor, de tal manera que murieron unos 10.000 cristianos.

Cuarta persecución
La iglesia volvió a descansar de la persecución por algunos años y luego en el año 162 dc, al ser Marco Aurelio el sucesor del trono, se desencadenó la cuarta persecución. Y fue la más severa desde nerón. Muchos miles fueron decapitados o arrojados a las fieras.

John Fox lo cuenta así en “El libro de los mártires”: “Las crueldades ejecutadas en esta persecución fueron de tal calibre que muchos de los espectadores se estremecían de horror al verlas, y quedaban atónitos ante el valor de los sufrientes.
Algunos de los mártires eran obligados a pasar, con sus pies ya heridos, sobre espinas, clavos, aguzadas conchas, etc., puestos de punta; otros eran azotados hasta que quedaban a la vista sus tendones y venas, y, después de haber sufrido los más atroces tormentos que pudieran inventarse, eran destruidos por las muertes más temibles” (Pag. 10).
En esta época es donde fue martirizado, ya anciano, Policarpo, discípulo del apóstol Juan.
Cuando lo llevaron preso ante el procónsul, este le dijo: “Jura y te daré la libertad: Blasfema contra Cristo”.
A lo que Policarpo respondió: “Durante ochenta y seis años le he servido y nunca me ha hecho mal alguno. ¿Como voy yo a blasfemar contra mi Rey que me ha salvado?”.
A continuación fue atado a un palo, prendido fuego y traspasado por una espada.

También en esta época fue martirizada Blandina, una esclava cristiana. Ella, junto a otros 3 cristianos, fueron llevados a un anfiteatro. A Blandina la colgaron de un madero fijado sobre el suelo y la expusieron a las fieras como alimento, mientras tanto oraba y alentaba a los otros que estaban junto a ella. Pero ninguna de las fieras la tocó, por lo que fue llevada a la mazmorra otra vez. Luego la sacaron a la multitud nuevamente, pero ahora con un joven de 15 años. Los hicieron objeto de todo tipo de castigos y torturas. El joven fortalecido por Blandina soportó hasta la muerte, y ella finalmente fue muerta con espada. De Blandina se dijo: “Ella, la pequeña y la débil cristiana despreciada, revestida del Grande e invencible luchador Cristo”.

Aún hoy testifican
Al morir, como ya contamos, los cuerpos eran llevados a las llamadas “catacumbas” y sepultados allí por otros hermanos.
Hoy aún existen unas 60 catacumbas cerca de Roma como testimonio de todo aquello.
John Fox nos cuenta algo más de estas catacumbas: “Cuando se abrieron estos sepulcros cristianos, los esqueletos mismos contaron su sorprendente historia. Se encuentran cabezas separadas del cuerpo, costillas y clavículas rotas, huesos frecuentemente calcinados por el fuego. Pero a pesar de la terrible historia de persecución que podemos leer ahí, las inscripciones respiran paz, gozo y triunfo.

Aquí tenemos unas cuantas:
-Aquí yace Marcia, puesta a reposar en un sueño de paz’
-Victorioso en paz y en Cristo’
-Al ser llamado, se fue en paz’.” (“El libro de los mártires” - John Fox. Pag. 12).

La misma muerte sangrienta de los mártires no era para los cristianos señal de derrota; propiamente constituía la victoria sobre todo lo que era opuesto u hostil al reino de Dios, la victoria sobre este mundo y sobre el mismo infierno que estaba detrás de toda aquella persecución. El martirio significaba salir victorioso de este mundo.
Hechos 5:41. 1 Pedro 4:12-16.


Luis Rodas


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