Ama a otros y olvídate de ser apreciado (3) CULTIVANDO UN CARÁCTER PIADOSO



“El amor no es jactancioso, no se envanece” (1 Corintios 13:4)

Hay una canción popular ya antigua donde una mujer canta: "Me amo a mí misma, quiero que me ames".
Esta es una buena síntesis del sentir constante del ser humano.
Todo es utilizado como un medio para alimentar al gran devorador: el "amor propio". Relaciones, hijos, trabajo, profesión, ministerio, dinero, posesiones, política, artes, deportes, etc, etc....

Por esto en el libro de C.S. Lewis "Cartas del Diablo a su Sobrino", un demonio dice: "Esa cosa que en la tierra llaman 'amor' y en el infierno llamamos 'hambre'".
Y con "hambre" se refiere a ese deseo insaciable de llevar a los demás a que vivan para nosotros y sacien nuestro "amor propio".

Este versículo de 1 Corintios 13:4 presenta una verdad que nos confronta: "el amor no es jactancioso, no se envanece".
O dicho de otro modo: en todo lo que hacemos, o amamos a otros o buscamos saciar nuestro "amor propio" exaltándonos para ganar alabanzas hacia nosotros.

O usamos todo lo que somos y tenemos para amar a otros, o cantamos aquella canción popular: "Me amo a mí mismo, quiero que me ames".

Esta "hambre" por preservar un romance apasionado con uno mismo, no tiene reparo de unirse a otra persona esperando que el otro decida resignar su vida entera, con el fin, que vemos muy natural, de hacernos felices. ¡Y a esto le llamamos matrimonio!.

Esta "hambre" es capaz de usar a los seres a los cuales el humano suele tener más afecto: sus hijos. Y para esto puede llegar a adiestrarlos con decisión como si fueran monitos de circo para que se comporten ante los demás "educadamente". Luego presionarlos para que estudien y lleguen a ser algo que nos "enorgullezca como padres".
¿Para qué?
Lo que ellos son como hijos muestran lo que nosotros somos como padres.
¿Cuantas veces tomamos como un ataque a nuestra capacidad personal cuando nos muestran una mala conducta de nuestros hijos?.
¿Los estamos amando a ellos o nos estamos amando a nosotros mismos?.

Esta "hambre" anhela encontrar un nuevo mensaje, o el mismo mensaje pero de alguna manera "poderosa" y "llena de celo", que provoque que el teléfono suene sin cesar con miles de invitaciones a predicar.
Esta "hambre" se enoja cuando no tienen en cuenta nuestra opinión en la Iglesia.
Esta "hambre" no tiene reparo en usar a miles y miles de personas diciendo: "yo lo cuento para la gloria de Dios", o canto esta canción "para la gloria de Su nombre", sólo para sentirse importante.
Esta "hambre" no tiene límites, no teme a Dios, no se auto-examina, puede engañar a quien sea, se goza viendo su nombre por internet, es aguerrido atacante cuando su reputación es puesta en duda, y disfruta interna y placenteramente de las alabanzas hacia lo que ha hecho o dicho.
¡Y A ESTO LE LLAMAMOS MINISTERIO!

Unos juegan a ser el nuevo músico que luego cuente sus secretos de como creó su empresa valorada en millones.
Otros sueñan con ser la voz que truene en estos tiempos amonestando a la Iglesia por todo el mundo.
Otros, antes sensatos, ahora acomodados, vanagloriosos, ricos, soberbios, apacentándose a sí mismos y disfrazados de "grandes hombres de la sana doctrina".

Pero, ¿quién de nosotros quiere ser como Cristo?
¿Quién de nosotros decide perder toda reputación en este mundo para agradar al Padre?

“Oh Jesús, con mansedumbre y humildad de corazón, escúchame.
Líbrame, Señor Jesús:
del deseo de ser estimado,
del deseo de ser ensalzado,
del deseo de ser honrado,
del deseo de ser alabado,
del deseo de ser preferido a otros,
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado...

Y dame, Jesús, la gracia de desear:
Que otros puedan recibir más amor que yo,
que otros puedan ser más estimados que yo”

(George Verwer - “Sed de realidad”).


Luis Rodas


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