¿Qué significaba ser cristiano para ellos?



A la edad de 25 años llegó a la India para trabajar como misionero allí.
Un día arrodillado en una playa de la India derramaba el alma delante del Señor y oraba: “Amado Señor, yo también andaba en el país lejano, mi vida ardía en el pecado... deseaste que me convertiría, no más en un tizón para esparcir la destrucción, sino en una antorcha brillando por ti (Zacarías 3:2). Heme aquí en las tinieblas más densas, salvajes y opresivas del paganismo. Ahora, Señor, ¡Quiero arder hasta consumirme enteramente por ti!”

Viajó por innumerables lugares de la India predicando el evangelio y conociendo sus dialectos e idiomas para hacer traducciones de las Escrituras a los mismos. De esta manera tradujo partes de la Biblia a una cuarta parte de los idiomas de todo el mundo. El Nuevo Testamento en hindú, indostaní y persa y los Evangelios en judaico-persa, son una parte de sus obras.

Para alcanzar ese objetivo, de dar las Escrituras a los pueblos de la India y Persia, Martyn se entregó en la tarea de traducción de día y de noche, no descansaba ni cuando estaba viajando. No disminuía su marcha cuando el termómetro registraba excesivas temperaturas, ni cuando sufría de la fiebre intermitente, ni con el avance de la peste blanca que ardía en su pecho.

Su salud era frágil y sus amigos le insistían que sería prudente volver a Inglaterra: la enfermedad pulmonar que se había llevado a la tumba a dos de sus hermanas desde que dejó Inglaterra, también estaba afectándole a él.
Pero a estas alturas Henry estaba consumido por otra pasión: la traducción del Nuevo Testamento al persa. Para ello debía trasladarse al interior de Persia, donde el lenguaje se hablaba en toda su pureza. En un año había terminado la traducción del Nuevo Testamento.

El dijo: “Si Dios tiene trabajo para que yo haga, yo no puedo morir” (“Diario y cartas de Henry Martyn”. Pag. 460). Como escribió John Piper en su libro “Lo que Jesús exige del mundo”: “Somos inmortales hasta que se haga el trabajo que Dios tiene para nosotros” (Pag. 125).

Sus predicaciones no consistían en palabras de sabiduría humana, sino que siempre se dirigía al pueblo como “un moribundo, predicando a los moribundos”.

Solía decir: “Mírenme, mírenme: El más vil de los pecadores, pero salvado por gracia. ¡Es sorprendente que yo pueda haber sido salvado!”
Continuamente exaltaba la gracia de Dios que era capaz de salvar a alguien como él.

Seis años y medio después de haber desembarcado en la India, en cuanto emprendía un largo viaje, falleció a la edad de treinta y un años. Separado de los hermanos, y del resto de la familia y rodeado de perseguidores, fue enterrado en un lugar desconocido.


Luis Rodas


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