Su recompensa llegó. Primeros pensamientos del día.



 “Al Señor busqué en el día de mi angustia;
alzaba a EL mis manos de noche, sin descanso;
mi alma rehusaba consuelo.
Me acordaba de Dios, y me conmovía;
me quejaba y desmayaba mi espíritu” (Salmo 77:2,3)

George Bethune (1805-1862):
“Una ocasión para la paciencia y longanimidad es cuando somos llamados a trabajar en la causa de Dios y vemos poco o nada de éxito en lo que hacemos. Esta es ciertamente una de las más severas pruebas que un cristiano sufre. Pero es una en la cual no está solo.
Esta fue la experiencia de Noé y de todos los profetas.
Esta fue la experiencia del Maestro mismo: ‘despreciado y desechado entre los hombres’ (Isaías 53:3), mientras que se mantuvo fiel hasta la muerte. Su recompensa llegó, aunque el trabajo de su alma requirió longanimidad.

Es nuestro privilegio, tanto como un deber, trabajar. Es el oficio de Dios dar fruto a nuestra obra.
¿Le diremos a EL como debe manejar Su propia causa?. En Su propio tiempo y bajo Su propia manera EL la llevará a cabo.
Para esto Dios no nos pide ser exitosos, sino, suceda lo que suceda, que seamos fieles.

Es por paciencia perseverante en el hacer bien que alcanzamos gloria y honor.
Confiemos en Dios en la oscuridad tanto como en la luz, en el invierno como en el verano, en el tiempo de la siembra como en el de la cosecha.

‘No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos’ (Gálatas 6:9).

¡Es la causa del Señor!.
‘Encomienda a Jehová tu camino, y confía en EL, y EL hará’ (Salmo 37:5).
‘Tomad como ejemplo de aflicción y de paciencia a los profetas que hablaron en nombre del Señor’ (Santiago 5:10).

Meditemos en las Escrituras, las cuales contienen muchas demostraciones de la fidelidad de Dios con Su pueblo paciente, y tan ricas promesas de recompensa eterna por sus pruebas.

Guardemonos de cada principio de impaciencia que nos puede llevar a la infidelidad, la falta de respeto ante Dios y la rebelión; hasta que podamos, como niños pequeños, ser sustentados en los brazos de nuestro Padre, colocando todas nuestras ansiedades y nuestra vida misma en su seno de amor.
De esta manera compartiremos los gozos eternos con aquellos que salen de la tribulación, pondremos juntos nuestras coronas a los pies del Cordero paciente que fue inmolado, y viviremos y reinaremos por siempre”
(“The Fruit of Spirit”).



 Luis Rodas

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