En la reflexión número 8 dijimos que en el antiguo pacto ya existían maneras de alcanzar el perdón de pecados. Y nos preguntamos: ¿Entonces para qué se necesitaba el perdón de pecados en Jesús?
¿No es que ya había maneras en que Israel podía encontrar perdón de pecados?
¿Sólo porque el perdón de pecados que podía alcanzar Israel antes era con continuos sacrificios, y el perdón de pecados en Cristo es más cómodo ya que no requiere que se hagan más sacrificios?
Y para comenzar a responder estas preguntas, en la reflexión 9 vimos que Dios prometió un mejor pacto que el acordado con Israel al salir de Egipto. EL prometió un “nuevo pacto” (Jeremías 31:31,32). Y este “nuevo pacto” fue establecido por Dios en Cristo.
El anterior pacto fue inferior al nuevo. Por esto fue suficiente que incluyera sacrificios y rituales inferiores. Pero el nuevo pacto, superior al primero, teniendo las cosas celestiales mismas, requería mejores sacrificios. Esto es lo que afirma Hebreos 9:23: “Fue, pues, necesario que las figuras de las cosas celestiales fuesen purificadas así; pero las cosas celestiales mismas, con mejores sacrificios que estos”.
Toda la ley, el pacto de Israel con Dios en el Sinaí, los sacrificios, los rituales, el tabernáculo, el templo y los sacerdotes, eran sólo figuras, representaciones, que anunciaban que un día llegaría el cumplimiento pleno. Todo aquello era apenas un reflejo, una predicación llena de símbolos gráficos de una Persona que vendría. ¡Esa Persona era Cristo!
Toda la ley, el pacto de Israel con Dios en el Sinaí, los sacrificios, los rituales, el tabernáculo, el templo y los sacerdotes eran apenas como si tú creas en una mesa enorme una hermosa y vívida maqueta de cierta ciudad, llena de personas, edificios, autos y vegetación. Pero todo en escala pequeña y de cartón. Apenas una réplica provisional.
¡Así fue todo lo que estaba incluido en el antiguo pacto! ¡Era una figura preciosa y exacta de lo verdadero, que fue mostrada con el fin de anunciar lo que vendría y vendrá!
Mientras tanto, si los sacrificios, el templo o algún ritual tenían algún buen efecto como el perdón de pecados, por ejemplo, era sólo por tratarse de un reflejo de algo verdadero. No era esa figura la que daba ese buen resultado, sino aquello verdadero que vendría y vendrá. ¡Esto es, Cristo! Por eso Hebreos 9:15 afirma que todo aquello en el antiguo pacto necesitó de la confirmación de la obra de Cristo para que fuera efectivo.
Esta es la razón por la que cuando Dios le manda a Moisés edificar el tabernáculo, le muestra una realidad celestial y le insta a que haga una copia exacta de eso que ve (Exodo 25:40; Hebreos 8:5).
Así que cuando comparamos todo aquello implicado en el antiguo pacto, con Cristo y el nuevo pacto, es como comparar una maqueta de cartón con la realidad misma reflejada en esa maqueta.
Mientras el sumo sacerdote entraba a un “santuario hecho de mano” humana, Jesús entró “en el cielo mismo para presentarse por nosotros ante Dios” (Hebreos 9:24). Mientras los sacerdotes iban cambiando “debido a que por la muerte no podían continuar”, Jesús “por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable” (Hebreos 7:23,24). Mientras los sacerdotes “presentaban ofrendas según la ley; los cuales eran figura y sombra de las cosas celestiales” (Hebreos 8:4,5), “impuestas hasta el tiempo de reformar las cosas” (Hebreos 9:10), “Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros… por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo” (Hebreos 9:11,12), “y no para ofrecerse muchas veces, como entraba el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena… Se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado” (Hebreos 9:25,26). “Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan” (Hebreos 10:1).
Por esto, el apóstol Pablo como judío que había estado bajo el antiguo pacto, le escribió a los gálatas: “así que la ley vino a ser nuestro guía encargado de conducirnos a Cristo” (Gálatas 3:24 - Nueva Versión Internacional).
Por lo que a la pregunta, si ya en el antiguo pacto existían maneras de alcanzar el perdón de pecados, ¿para qué se necesitaba el perdón de pecados en Jesús?; podemos responder: sin Cristo toda la ley, el pacto de Israel con Dios en el Sinaí, los sacrificios, los rituales, el tabernáculo, el templo y los sacerdotes no hubieran servido para absolutamente nada.
Todo eso era figura, reflejo, una réplica provisional, un anuncio de Jesús el Cristo.
Por lo que, cuando el ángel le dijo a José acerca de María: “Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21), lo que sucedió allí fue el incomparable anuncio de la llegada de la esencia misma, la realidad, el verdadero acto, “la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre” (Hebreos 10:10).
Y, “si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?” (Hebreos 9:13,14).
Luis Rodas
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Etiquetas:
Reflexiones acerca de la Navidad
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