14 Restauración de todas las cosas - Reflexiones acerca de la Navidad



En la reflexión anterior vimos rápidamente que el apóstol Juan afirmó un propósito para el nacimiento de Jesús:
“Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo” (1 Juan 3:8).
¿Qué puede tener que ver esto con el nacimiento u obra de Jesús aquí en la tierra?

En el contexto inmediato de este versículo encontramos que habla del pecado y la práctica del pecado en sí. Fue el diablo quien, venció al ser humano, a través de la tentación en el Edén introdujo el pecado en el mundo, y con el pecado la muerte (Romanos 5:12). De esta manera comenzó a gobernar al gobernante de la tierra (el hombre, según Génesis 1:27,28; Salmo 8; 115:16), formó su reino a través de lo que la Biblia llama “mundo” (1 Juan 5:19; Juan 12:31; 2 Corintios 4:4), y trajo infinitos males sobre la tierra y el ser humano.
¡El hombre fue derrotado, dominado, esclavizado!

Por lo que Dios en Cristo, para volver su creación al orden justo, bueno, lógico y verdadero, debía “deshacer las obras del diablo”. Por esto Hebreos 2:14 habla de que Jesús tenía que “destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo”. Jesús vino a revertir todo el daño que hizo Satanás y los demonios sobre la creación desde aquella caída en el Edén.
De esta manera los demonios cuando veían a Jesús realmente entraban en pánico sabiendo que había llegado el principio de su fin (Lucas 4:34; Mateo 8:29).

Y no sólo la muerte de Jesús fue un ataque frontal al diablo. Sino que todo su ministerio lo fue también. Cada milagro, cada enseñanza y cada liberación era un misil al reino de las tinieblas. El reino de Dios estaba entrando en combate. Así Jesús dijo: “si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios” (Mateo 12:28).
Por esto podemos decir que el “reino de Dios” es algo que comenzó a manifestarse en el ministerio de Jesús, se sigue manifestando a través de la Iglesia, y un día será establecido por Jesús (Salmo 2; Daniel 2:44,45; 7:13,14), venciendo a todos los enemigos, y tomando total dominio de la tierra (Apocalipsis 8-19).
¡Allí, en el reino de Dios, se “restaurará la tierra“ (Isaías 49:8), “ya no habrá más maldición” (Apocalipsis 22:3), ni “harán mal ni dañarán” (Isaías 11:9), y aquellos que se “arrepintieron y convirtieron”, y fueron “borrados sus pecados” en Cristo (Hechos 3:19), verán con sus propios ojos cómo Dios en Jesús “restaurará todas las cosas, como habló Dios por medio de sus santos profetas” (Hechos 3:21). En Cristo toda la tierra será bendita (Hechos 3:25).
Cumpliéndose las promesas dadas por intermedio del profeta Isaías:
“Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará.
La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá paja.
Y el niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna de la víbora” (Isaías 11:6-8).
“No se alzará nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra” (Isaías 2:4).
Y el consuelo más absoluto de Dios estará en la tierra (Isaías 65:18,19; 66:10,11; Apocalipsis 21:4).

Hasta aquel día el sufrimiento en este mundo continuará.
Hasta que las buenas nuevas sean llevadas a cabo en su totalidad, y se cumpla el anunció del apóstol Pablo en Romanos 16:20: “El Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies”.


Luis Rodas


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