El pueblo de Israel estaba bajo el yugo de naciones paganas desde hacía siglos. Muchos se habían levantado para intentar liberar a su pueblo pero, o habían sido brutalmente asesinados, o ellos mismos terminaban siendo iguales o peores que aquellos amos tiranos extranjeros.
Por lo que Israel se aferraba a las innumerables promesas de Dios en las que aseguraba que enviaría un poderoso Rey.
Isaías 9:6 llamaba la atención de que un niño sería dado: “Un niño nos es nacido, hijo nos es dado”.
Este niño establecería un reino sobre todas las naciones. Por eso agregó Isaías: “Y el principado sobre su hombro… Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite” (Isaías 9:6,7). Y añadió que sería reconocible porque se trataría de un descendiente del rey David, ocupando su trono pero ya no por apenas un período, sino con un reino eterno: “Sobre el trono de David y sobre su reino… desde ahora y para siempre” (Isaías 9:7). Este descendiente de David, sería “el más excelso de los reyes de la tierra” (Salmo 89:27), y traería el reino de Dios (Salmo 146:10). Así, Isaías 52:7, hablando de EL, dice: “Cuan hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica salvación, del que dice a Sion: ¡Tu Dios reina!”.
Por lo que Israel, en medio del sufrimiento atroz, se aferraba a la promesa de éste señalado por Dios para traer un reino de victoria, consuelo y gloria. Un reino donde “Jehová será rey sobre toda la tierra” (Zacarías 14:9), aunque su centro de operaciones estará establecido "en el monte de Sión y en Jerusalén” (Isaías 24:23).
Pero, los años pasaron… Y lo que vino, luego del último profeta (Malaquías), fue el llamado comúnmente “silencio de Dios de 400 años”.
Israel no solo sufrió todo tipo de sequías, desastres en sus cosechas, hambre; sino que enfrentaron matanzas, guerras, dominio por parte de diferentes pueblos, esclavitud y abuso en manos de gobernantes propios y extranjeros, corruptos y despiadados en extremo.
Hasta que entre los años 5 y 4 antes de Cristo: “El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José” (Lucas 1:26,27). A la cual le dijo: “Concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús” (Lucas 1:31).
Sería una virgen dando a una luz un niño sin haber conocido varón. ¡Esto era realmente impresionante! Pero hay algo más.
No era un niño más el que nacería milagrosamente en el vientre de María. El ángel le anuncia las "alegres nuevas, nuevas del bien" a María: “Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin” (Lucas 1:32,33).
¿Te das cuenta?
Siglos esperando al Salvador de Israel, y ahora era anunciado en una pequeña y despreciada aldea a una jovencita virgen desconocida.
Aquel niño anunciado por Isaías estaba por nacer hasta transformarse en el Señor, “el más excelso de los reyes de la tierra” que traería el reino de Dios a la tierra.
Así cuando Elizabet unos días después ve llegar a María a su casa, "exclama a gran voz:… ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi SEÑOR venga a mí?” (Lucas 1:39-43).
Las buenas nuevas habían sido anunciadas. Según las mismas palabras de María, Dios estaba por "socorrer a Israel su siervo, acordándose de la misericordia” (Lucas 1:54).
Luis Rodas
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Etiquetas:
Reflexiones acerca de la Navidad
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