3 ¡Esto es imparable! - Reflexiones acerca de la Navidad



En la reflexión anterior vimos cómo Israel esperaba al Rey que no sólo les traería una victoria sobre todos los imperios que los habían oprimido y devastado, sino que establecería el reino de Dios en toda la tierra.
Allí, como profetizó Daniel, “recibirán el reino los santos del Altísimo, y poseerán el reino hasta el siglo, eternamente y para siempre” (Daniel 7:18).

Intenta pensar en cada vez que un judío sufría. ¿A dónde enfocaría su mente? ¿A dónde apuntaría su esperanza?

Ellos atribuían su situación a su pecado, mientras esperaban que Dios, en su misericordia, en algún momento cumpliría con las promesas hechas a su pueblo reflejadas en las Escrituras. ¡EL tendría piedad de los suyos!
Así, las palabras de Miqueas 7:8-10, por ejemplo, estaban grabadas en su mente a diario:
"Tú, enemiga mía, no te alegres de mí, porque aunque caí, me levantaré; aunque more en tinieblas, Jehová será mi luz.
La ira de Jehová soportaré, porque pequé contra él, hasta que juzgue mi causa y haga mi justicia; él me sacará a luz; veré su justicia.
Y mi enemiga lo verá, y la cubrirá vergüenza; la que me decía: ¿Dónde está Jehová tu Dios? Mis ojos la verán; ahora será hollada como lodo de las calles”.

Esto era lo que se hablaba en las calles, de familia en familia, cada día, en cada dolor sufrido.

Y esto por supuesto lo sabían los gobernantes extranjeros de la época.

Así, cuando Jesús nace en Belén, fueron “del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido?” (Mateo 2:1,2). Ellos se enteraron de su nacimiento y lo buscaban.
El problema fue que se enteró el rey Herodes.
Relata Mateo 2:4, que rápidamente "convocados todos los principales sacerdotes, y los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo”.

El rey Herodes tomó muy en serio las palabras de los magos de que había nacido “el rey de los judíos”, y enseguida lo asoció con lo que las Escrituras denominaron el “Ungido” (Salmo 2:2). Un descendiente de David “ungido”, separado, designado y empoderado para traer la victoria de Dios a su pueblo (Isaías 61:1,2).
La palabra “ungido” en hebreo es “Mashiaj” (Mesías), y en griego “Jristos” (Cristo).
Por lo que cuando el rey Herodes pregunta “dónde había de nacer el Cristo”, estaba comenzando a desesperarse de que la esperanza de Israel estuviera por cumplirse y éste fuera su fin.

Aquella junta convocada de urgencia le responde: “En Belén de Judea” (Mateo 2:5). Y basan su respuesta en el anuncio del profeta Miqueas: "Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel” (Miqueas 5:2).
Herodes decidido a intentar detener la destrucción de su reino llamó a aquellos magos e “indagó diligentemente el tiempo” en que ellos consideraban que pudiera haber nacido el Cristo, y los envió a Belén para que averiguasen más (Mateo 2:7,8).
Estos magos encontraron al futuro Rey de los judíos, se postraron y le adoraron, y le dieron regalos, pero por “revelación” luego no le dijeron nada a Herodes (Mateo 2:9-12).
Por lo que “Herodes… cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores” (Mateo 2:16); y así se cumplió la profecía del profeta Jeremías (Jeremías 31:15).

Dios protegió a aquel niño y sus padres de la matanza (Mateo 2:13-15). Nadie podía detener al “Ungido” de Dios, el Mesías, el Cristo, el Rey de los judíos. “Recibirán el reino los santos del Altísimo, y poseerán el reino hasta el siglo, eternamente y para siempre” ((Daniel 7:18). ¡Esto es imparable!


Luis Rodas


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