En el período entre el último profeta que Dios envió, Malaquías, y la venida del Señor, se escribieron relatos que describen el sufrimiento de Israel. 1º de Macabeos es uno de ellos.
Allí Matatías, hijo de Judas Macabeo, dice:
"¡Qué desgracia! ¡Haber nacido para ver la ruina de mi pueblo y de la ciudad santa, y tener que quedarme con los brazos cruzados mientras que ella cae en manos de sus enemigos y el templo queda en poder de extranjeros!
Su santuario está como un hombre que ha perdido su honor,
los objetos que eran su gloria han sido llevados a otra parte, sus niños han caído muertos en las calles de la ciudad, sus jóvenes han sido acuchillados por el enemigo.
No hay nación que no le haya arrebatado su poder real y que no la haya saqueado.
Le robaron a Jerusalén todos sus adornos; de libre pasó a ser esclava.
¡Nuestro hermoso santuario, que era nuestra gloria, está en ruinas; los paganos lo han profanado!
¿Para qué seguir viviendo?”
(1 Macabeos 2:7-13).
¡Esto refleja el corazón desesperado de Israel en el segundo siglo antes de Cristo!
Israel pasó a estar en manos de Siria, cuyo rey era Antíoco Epifanes, quien se creía una especie de deidad y reclamaba adoración hacia sí. El colocó una estatua de Zeus en Jerusalén y sacrificó un cerdo en el altar del templo. Para luego saquear completamente el templo. Llegó a asesinar a unos 100.000 judíos. Y no sólo promovió la cultura pagana entre los judíos, sino que la empezó a imponer, incluso prohibiendo la ley de Moisés y estableciendo la legislación del Estado.
Si bien el templo años más tarde (19 a.C.) fue restaurado por Herodes el Grande; en la época del nacimiento de Jesús, Israel estaba bajo el dominio romano y aquel clamor de Matatías continuó en los corazones: “¡Qué desgracia! ¡Haber nacido para ver la ruina de mi pueblo!… ¿Para qué seguir viviendo?”.
Muchos habían simplemente endurecido sus corazones y creían que debían tomar la guerra en sus manos (por ejemplo los zelotes). Pero otros, "esperaban la REDENCIÓN en Jerusalén” (Lucas 2:36-38) que Dios había prometido a través del Cristo.
Así, cuando José y María llevaron al recién nacido Jesús a presentarlo al templo en Jerusalén, había allí “un hombre llamado Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba la CONSOLACIÓN de Israel” (Lucas 2:25).
Según Lucas 2:26, “le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor”. Hasta que, por fin ese día llegó, “y movido por el Espíritu” fue al templo, al ver a Jesús “le tomó en sus brazos y bendijo a Dios, diciendo:
Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra;
porque han visto mis ojos tu SALVACIÓN” (Lucas 2:29,30).
La situación es electrizante. Leímos como Matatías, lleno de dolor había dicho: "¿Para qué seguir viviendo?”
Ahora el Espíritu Santo había guiado a este hombre, Simeón, a tener la certeza que había llegado el tiempo y ese niño era el prometido Salvador de Israel, el “Ungido”; y dice: "ya está, puedo morir tranquilo: mis ojos han visto tu salvación".
Ese bebé que estaban viendo los ojos de Simeón era y es el encargado de cumplir absolutamente todas las promesas que Dios dio en las Escrituras. Pase lo que pase el pueblo de Dios, la esperanza ya empezó su cumplimiento. La redención, consolación y salvación en su más alta concepción será llevada a cabo por el Cristo. Vivamos o muramos, descansamos en paz. Como alguna vez dijo Job: “Yo sé que mi Redentor vive” (Job 19:25).
Luis Rodas
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